Como Elefante…

A finales del siglo XX, cuando me acercaba a los 70 años de edad, le escribí una carta a mi hermano que decía:

    En los años de nuestro antiguo Bachillerato, recuerdo que los profesores que tuvimos solían contarnos que, allá en lo más recóndito del continente africano, los admirados elefantes, al llegar a cierto estadio de su vida, sentían algo en su inmensa interioridad que les decía que estaba llegando su fin. Nunca nos explicaban cómo se concretaba ese sentimiento en su masa encefálica. Tal vez se trataba de una sensación cenestésica que brotaba de lo íntimo de su llamativa corpulencia.

    En ese momento, nos decían, se ponían en marcha hacia un lejano lugar, ubicado en el centro de Africa… Con la poderosa imaginación, que he tenido desde niño y me ha acompañado toda la vida, casi los veía caminar, paso a paso, con un ligero balanceo, estremeciendo los montes con sus pesadas piernas de dinosaurios.

    Se movían, guiados por el instinto, hacia un valle de profundo verdor, que se suponía estaba ubicado entre las rugosas cordilleras de un Continente golpeado sin piedad por los rayos inmisericordes del sol. Buscaban el verdor de aquella inmensa pradera, nunca antes vista por ellos, regada por las aguas mansas de un gigantesco río. Nunca, hasta ahora, fui capaz de desentrañar el misterio de la fuerza que los conducía con tanta seguridad y firmeza hacia esa esmeralda de follaje y luz, que en verdad sería su cementerio.

    El hombre blanco supo de ello, por su avaricia. Los nativos, que se habían trasmitido de padres a hijos este secreto, conocían bien la ubicación de ese valle, pero lo guardaban como un secreto, ante la codiciosa avidez de los hombres de cabello rubio y ojos azules, provenientes del otro lado de las aguas del mar. No era mera suspicacia. Cuando algún indígena, más indiscreto, mencionaba algo sobre los largos colmillos amontonados junto a los acantilados donde los elefantes se acostaban para no volver a despertarse más, los ojos azules de los atónitos forasteros brillaban con ávido interés. Millares de paquidermos de todo Africa habían llegado, a paso lento, a través de las encartaciones resecas, hasta aquel cementerio sin cruces, donde sólo se erguían majestuosas las largas astas de marfil, que velaban y protegían por siempre su sueño.

    Para los cazadores del “safari” europeo. el Valle era una gran mina nunca imaginada. Sólo el ébano dorado les interesaba, con su dureza suave y su color de cirio, sobresaliendo sobre las pieles resecas y los grandes costillares vaciados por las aves de rapiña

    A mí, nunca me impresionó el oro de los marfiles que se suponía acumulados en diversos los más recónditos rincones del valle. Lo que me impresionaba, hasta el punto de haber quedado grabado en mi mente, era la grandiosidad de ese fenómeno telúrico de un mundo animal que no era tan desconocido. Me preguntaba cuál sería la misteriosa fuerza que los guiaba en aquella marcha finalística. Esos respetables mastodontes, único vestigio de un pasado de magnitudes de gran escala, que nos ha sido dado poder contemplar, caminaban en busca de una paz definitiva como sabiendo lo que hacían. ¿Qué los movía?

    Ahora, hace de ello sólo un par de años, he comprendido de pronto cuál es esa fuerza. Nace en lo profundo del ser, del hondón de nuestra existencia humana. Es una fuerza somática a la vez que psíquica, que impele a iniciar la marcha, sin previo aviso, como si fuese ya el momento… Pero, no se trata sólo de un impulso, lleva consigo una especie de atracción hacia lo desconocido, que se impone de manera inexorable. Sólo se trata de eso, del comienzo de algo nuevo… algo previsto en el destino del género humano.

    Percibo que he comenzado esa marcha. Me siento en camino hacia los desconocido. No voy sólo, conmigo avanzan todos los paquidermos humanos de mi tiempo histórico. No los veo, no me he cruzado con ellos, pero sé que avanzan como yo hacia nuestro Valle; unos vienen del Este, otros del Oeste, del Norte o del Sur. Vamos todos, pero, en cierta medida, me siento sólo.

    Parece paradójico y extraño, pero no lo es. Los otros vienen por distintos senderos, aunque en la misma dirección, hacia un mismo destino. Por primera vez, siento que la manada humana queda detrás, dando vueltas en círculo, apareándose, pariendo pequeños paquidermos que abren los ojos a su mundo quemado por el sol, para corretear luego en busca de diversión y alimento. Todo ese círculo queda atrás. Se aleja y se hace cada vez incomprensible, porque lo que ahora cuenta es caminar hacia adelante, rumiando recuerdos, hacia ese Valle desconocido que ejerce su atracción en forma inexorable…

    A cada paso, la vida se va desnudando y la existencia se hace más difusa. Ya no se acercan los pájaros. Ahora merodean los cuervos dispuestos a comer la piel y a hacer aflorar los huesos. Pero, hay que seguir caminando con la dignidad y la elegancia de lo pesados paquidermos de Africa, porque nos espera el Valle Verde-esmeralda, donde dejaremos nuestros colmillos, descansaremos, y encontraremosla Paz.

    Sólo queda una incógnita a resolver: ¿dónde está nuestro Valle? Quizás en el centro virtual del cosmos, más allá de las nebulosas y galaxias, de los agujeros negros, o quizás donde siempre nos dijeron nuestros mayores, en ese lugar sin espacio y sin tiempo, que es la eternidad, donde esperamos encontrar una realidad desconocida, con seres de otra dimensión, y un Ser Supremo, Dios, el Otro con Mayúscula.

José Ignacio

Sobre los Niños

Por JIDU (José I. de Urquijo)

    En estas líneas, a petición de una persona amiga, voy a permitirme hablar de los niños y de las etapas que atraviesan en las primeras fases de su desarrollo humano.

    Pues bien, todo empieza el día del nacimiento, de una forma que nunca he entendido muy bien. Los niños vienen al mundo como unas criaturas, que, a simple vista, se ve amorfas, mofletudas y regordetas, pero todos los que pasan a verles se deshacen en elogios de su belleza, resumiéndola en una expresión española que siempre me ha resultado sorprendente: !Ay, se ve tan “mono”! (No se si esto se debe a la influencia de Darwin).

    Para dejar en claro que no exagero cuando hablo sobre este estado amorfo, referiré un hecho reciente. Con ocasión del nacimiento del hijo de Michael Douglas (de 55 años) y Catherine Zeta-Jones (de 30 años), en agosto del año 2000, les preguntaron a la pareja “¿a quien de los dos se parecía el niño?”, y el publicista de Douglas, Alan Burry, respondió: “a esa edad todos se ven como ciruelas-pasas”.

    No entiendo el concepto de belleza de mucha gente, porque el crío al nacer, de mono no tiene mucho, al menos de los que viven en las selvas tropicales. Solo las mamás se resisten a considerarlos como tales y los llaman “mi sol”, “mi cielo”, “mi ángel”, mi “querubín”, etc., variando las metáforas de acuerdo a su grado de sencillez, de inventiva o de religiosidad. Las mamás están claras, el niño es algo sublime, de fuera de este mundo. Ah, y es suyo, como un don, “mi tesoro”.

    Unos meses después, cuando la criatura comienza a gatear, moviéndose con pies y manos por el piso o las alfombras, e incluso por debajo de los muebles, otra expresión típica que suele escucharse, da la idea de la etapa en que se encuentra: “Ten cuidado y mira por donde anda ese renacuajo, no le vaya a pasar algo”. Lo de “renacuajo” debe ser por su tamaño con respecto a los adultos y porque ya se empieza a aceptar que su forma está en desarrollo. Pero, la verdad es que el niño se está volviendo más autónomo y ha comenzado su afirmación de independencia y su deseo de explorar el estrecho territorio en que lo tienen confinado, como en un zoo.

    Harto de pasar de brazos en brazos, con el cuento de lo “mono” que es y de ser mirado como un “renacuajo”, empieza a demostrar que en todo caso es un “tarzán”. Y así se dedica a saltar del sofá al suelo o de una cama a otra, a arrancar y lanzar los almohadones, a tumbar un florero para ver como se hace mil pedazos, o darle un manotazo al cenicero y lanzarlo de la mesa, romper las revistas, arrancar el cable del teléfono de la pequeña jungla que le rodea, recibiendo el clásico mensaje “eso no se hace”. Es la etapa en que todo lo rompe, lo aparta de su camino. Entonces, se dice de ellos que son “tremendos”. Les encanta abrir todo lo que encuentra cerrado y destripar los objetos a su alcance (juguetes o máquinas es lo mismo), sin dar explicaciones concentrándose simplemente en su tarea. La verdad es que han entrado “en acción”.

    En esta etapa, aprenden algunas palabras claves para defenderse: “mamá” (que le consiente), “papá” (que le protege), “ajajá” (para comer), “pupú” (para cagar), y otras como “caca” para todo lo que no le gusta. Con eso y los berridos (grito muy superior al del hombre-mono) se adentran, con valor, en el mundo que les rodea. Y, en especial, dejan de ser muditos. Muchos de ellos alcanzan su máximo grado de expresión con los ojos, que llegan a alcanzar un desarrollo notorio. Los abren de para en par, como dos focos fijos, de forma perfectamente circular, grandes y redondos. Fijan la mirada en personas y cosas como tratando de apoderarse de todo, y casi lo consiguen. Llaman la atención y cautivan.

    Por ese entonces, entran en un pequeño período de “larva humana”, ocupándose en la conformación silenciosa, pero armónica, de su cuerpo y talante. En ese período tienen que aprender a socializarse y por ello se los lleva a un “Kinder”, o Guardería, con otros niños como él. Entonces entiende la importancia del habla humana y comienza a aprender multitud de palabras, muchas de ellas inventadas por él mismo, pero que en su conjunto le ayudan a hacerse entender y respetar. En esta época, todas las visitas preguntan si ya habla, y los papás con orgullo dicen que mucho, aunque no sea tanto. Por su parte éstos quedan sorprendidos de oírle decir que tiene una novia en la Guardería y se lo hacen repetir dos veces para estar seguros de lo que les dice. Luego, sonríen y se lo cuentan a los parientes y amigos.

    Por fin, a los cinco años, todos los niños alcanzan una especie de armonía corporal muy notable. Se les ve tan proporcionados que son la admiración de la gente en todas partes. Es un hecho universal. Se ven graciosos y simpáticos. Todo el mundo les sonríe y se les queda contemplando, pero, en verdad, no son tan proporcionados. La cabeza la tienen algo grande. Sí, son un poco “cabezudos” y, eso, los hace más graciosos aun. En esta etapa suele decirse: “es todo un hombrecito”, aunque le falta mucho, pero así se dice. Ya no cabe aquello de “mono”, ni de “renacuajo”, ni de “tremendo”, ni nada de eso. Ahora es un niño, propiamente tal. De tal forma que cuando deje de serlo, se dirá “ya no es tan niño”. Lo mismo ocurre con las hembritas, pero en ese caso, lo de “ya no es tan niña”, tiene un significado de mucho más alcance…

    Lo que ocurre es que, se ha iniciado el  tránsito hacia la edad del “uso de razón”, y ya no valen cuentos de Disneylandia o de Andersen. Se considera que a los siete u ocho años (a veces antes) ya empiezan a hacer preguntas que ponen nerviosos a los papás. Una de ellas, la más comprometedora (en el pasado) era la referente al origen de los otros niños y de ellos mismos. Antes, los padres se las arreglaban con el cuento tan bonito de “la cigüeña”, pero ahora desde “Kindergarten” les explican todo biológicamente, lo entiendan o no. También preguntan sobre fenómenos naturales: “¿Papi por qué la Luna no se cae?”. En mi tiempo, algunos les callaban la boca, diciéndoles: “Niño no preguntes tonterías”. Algunos, más tercos insistían: ¿Papi y cómo se sostiene allá arriba? En verdad, no sabían qué responderles.

    Al mismo tiempo en esta etapa de la vida se descuelgan diciendo cosas muy sensatas y verdades grandotas. En su mayoría, son coreados por todos los parientes y amigos, y sus frases se repiten dentro de la familia como muestras de su ingenio. Lo cual conduce muchas veces a la pedantería y a un desarrollo desproporcionado de la autoestima, que llena el mundo de “prepotentes”, “creídos”, “pantalleros”, etc. Por eso, esta etapa de la “racionalidad” es muy importante porque en ella comienzan a desarrollarse los valores, que harán del niño una “persona” humana, altruista o egoísta. En definitiva ya están en condiciones de empezar a detectar y escoger los mejores “valores” humanos.

    A partir de estos momentos se emprende un largo camino (relativamente hablando) hacia la adolescencia que se ubica en los catorce y quince años y es conocida como la fase del “batracio”,  por aquello de que no se perfila ni como rana ni como renacuajo. En la adolescencia, la razón, queda obnubilada por las ambigüedades del desarrollo biológico, y ésta pasa a un segundo plano. Surgen el instinto y la pasión como fuerzas principales, es decir, el sexo. Los rollos mentales que se siguen por ese cambio hacen que el niño deje de ser niño definitivamente y tienda a “enrollarse”. Con el tiempo, no sólo se desarrollará sino que se “desenrrollará”  y saldrá convertido en hombre. En el pasado, cuando el niño llegaba a esta etapa, se decía: “ya salió del cascarón”.

    A partir de ahora, los adultos le aconsejarán que vuelva a darle prioridad a la razón para controlar la pasión. Y en esa tarea tendrán para rato, pues eso será algo que le ocupará toda su vida: su juventud, su madurez, su vejez y hasta su ancianidad.

    Un amigo mío al leer estas líneas me preguntó si incluía en mi descripción a las niñas y le respondí que no. “Esa es una tarea muy difícil”, añadí. Las niñas vienen rodeadas de una especie de crisálida etérea, difuminada entre los pucheritos de sus labios, las sonrisas y los guiños de sus ojos, de la cual en un momento dado surgirán, como mariposas, en forma deslumbrante, o como águilas del cielo, volando alto y promoviendo la igualdad y la diversidad a un mismo tiempo. Son diferentes. De sobra es sabido que la mujer es un fenómeno muy específico de la naturaleza… Por eso, dejo el tema para otra ocasión, cuando me sienta más inspirado.

Redactado por JIDU  (José I. de Urquijo)
2010

 

Sobre ser papá.

¿Qué ha significado para ti ser papá?, me preguntan: “Descubrir…”

Por Josúe Bonilla

Tomado de la Página Web de su esposa Mike Lara:

http://cafeparamamas.com/

    Permítanme presentarme, soy papá de tres, uno de cuatro años (chiquito 1) otro de dos (chiquito 2) y otra de meses (chiquita uno), lo aclaro porque consideró que la experiencia de ser papá cambia en el tiempo y está determinada por el momento. Los papás compartimos muchas experiencias similares pero nuestra vivencia es única.

    Comienzo por lo más grande, ser papá es descubrir que no tienes una sino dos vidas, una antes y otra después que nace tu hijo o tu hija Tus roles se invierten y entremezclan… eras hijo y ahora padre (sin dejar de ser hijo).

    Pasar de ser hijo a ser papá es como volver a nacer, es descubrir en lo que creías conocido: una sonrisa, un abrazo, un beso, un gesto… una sensación diferente, un amor distinto y radicalmente nuevo…

    Ser papá no se cuenta, no se transmite, se vive y se aprende, te hace importante más de lo que nunca imaginaste y, sobre todo, te compromete. Lo maravilloso de todo esto es que lo descubres en tránsito, en el fragor de la vivencia, lo que lo hace emocionante… A veces como una montaña rusa o como un paseo a un lugar desconocido del que te habían hablado mucho, que lo imaginas y lo proyectas pero que al conocerlo y enfrentarlo sientes que te desborda…

 Luego de caer en cuenta que eres otro y que tu vida ya no es tuya, comienzas a sumar descubrimientos a la lista, aquí unos cuantos que me vienen a la mente:

Descubrí…

que los veinte días después de que nace el primero son de los más duros de la vida;

que una noche se divide en varias;

que puedes dormir con un ojo abierto;

que no tienes una, sino tres (o más) camas y nunca sabes dónde vas a despertar;

que el popo no siempre da asco;

que el descanso no se planifica, te toma por sorpresa;

que la “ponchera” es todo un tema;

que el pañal y el tetero es un número que tiende al infinito;

que puedes querer al segundo, tercero y a los que vengan tanto como al primero;

que el segundo nos equilibra a todos;

que ya no piensas en tu ropa sino en la de ellos;

que no te bañas… que los bañas y lo otro viene por añadidura;

que una sonrisa o un gesto cambian tu ánimo;

que hay un montón de comiquitas buenísimas;

que puedes ver una película más de diez veces (bueno no es que lo haya descubierto pero se me había olvidado);

que el trabajo puede ser un descanso;

que no los duermes, te duermen;

que tus papás se merecían más y que son muchísimo mejores de lo que parecía;

que tanto amor te puede atragantar, poner el corazón chiquitito;

y pare de contar…

    Me emociona saber todo lo que me queda por descubrir en esta nueva vida, en la que te dan un título sin haber estudiado, eres papá… y no sabes nada!!!

    Ser papá es emocionante, es un deporte extremo, pura adrenalina, es improvisar sobre la marcha para salir bien parado, aprender de tus errores para no volver a cometerlos…

    Sólo me queda no pensar demasiado, más bien disfrutarlo y pedir a Dios y a mamá (por supuesto) que me acompañen en este reto y me iluminen para contribuir a que mis tres chiquitos sean buenas personas y tremendos futuros papás y mamás…

Los quiero, como el sol, como el mar… grande, infinito. Este amor lo descubrí con ustedes…

Josué Bonilla García

(Un papá venezolano)