Sobre los Niños

Por JIDU (José I. de Urquijo)

    En estas líneas, a petición de una persona amiga, voy a permitirme hablar de los niños y de las etapas que atraviesan en las primeras fases de su desarrollo humano.

    Pues bien, todo empieza el día del nacimiento, de una forma que nunca he entendido muy bien. Los niños vienen al mundo como unas criaturas, que, a simple vista, se ve amorfas, mofletudas y regordetas, pero todos los que pasan a verles se deshacen en elogios de su belleza, resumiéndola en una expresión española que siempre me ha resultado sorprendente: !Ay, se ve tan “mono”! (No se si esto se debe a la influencia de Darwin).

    Para dejar en claro que no exagero cuando hablo sobre este estado amorfo, referiré un hecho reciente. Con ocasión del nacimiento del hijo de Michael Douglas (de 55 años) y Catherine Zeta-Jones (de 30 años), en agosto del año 2000, les preguntaron a la pareja “¿a quien de los dos se parecía el niño?”, y el publicista de Douglas, Alan Burry, respondió: “a esa edad todos se ven como ciruelas-pasas”.

    No entiendo el concepto de belleza de mucha gente, porque el crío al nacer, de mono no tiene mucho, al menos de los que viven en las selvas tropicales. Solo las mamás se resisten a considerarlos como tales y los llaman “mi sol”, “mi cielo”, “mi ángel”, mi “querubín”, etc., variando las metáforas de acuerdo a su grado de sencillez, de inventiva o de religiosidad. Las mamás están claras, el niño es algo sublime, de fuera de este mundo. Ah, y es suyo, como un don, “mi tesoro”.

    Unos meses después, cuando la criatura comienza a gatear, moviéndose con pies y manos por el piso o las alfombras, e incluso por debajo de los muebles, otra expresión típica que suele escucharse, da la idea de la etapa en que se encuentra: “Ten cuidado y mira por donde anda ese renacuajo, no le vaya a pasar algo”. Lo de “renacuajo” debe ser por su tamaño con respecto a los adultos y porque ya se empieza a aceptar que su forma está en desarrollo. Pero, la verdad es que el niño se está volviendo más autónomo y ha comenzado su afirmación de independencia y su deseo de explorar el estrecho territorio en que lo tienen confinado, como en un zoo.

    Harto de pasar de brazos en brazos, con el cuento de lo “mono” que es y de ser mirado como un “renacuajo”, empieza a demostrar que en todo caso es un “tarzán”. Y así se dedica a saltar del sofá al suelo o de una cama a otra, a arrancar y lanzar los almohadones, a tumbar un florero para ver como se hace mil pedazos, o darle un manotazo al cenicero y lanzarlo de la mesa, romper las revistas, arrancar el cable del teléfono de la pequeña jungla que le rodea, recibiendo el clásico mensaje “eso no se hace”. Es la etapa en que todo lo rompe, lo aparta de su camino. Entonces, se dice de ellos que son “tremendos”. Les encanta abrir todo lo que encuentra cerrado y destripar los objetos a su alcance (juguetes o máquinas es lo mismo), sin dar explicaciones concentrándose simplemente en su tarea. La verdad es que han entrado “en acción”.

    En esta etapa, aprenden algunas palabras claves para defenderse: “mamá” (que le consiente), “papá” (que le protege), “ajajá” (para comer), “pupú” (para cagar), y otras como “caca” para todo lo que no le gusta. Con eso y los berridos (grito muy superior al del hombre-mono) se adentran, con valor, en el mundo que les rodea. Y, en especial, dejan de ser muditos. Muchos de ellos alcanzan su máximo grado de expresión con los ojos, que llegan a alcanzar un desarrollo notorio. Los abren de para en par, como dos focos fijos, de forma perfectamente circular, grandes y redondos. Fijan la mirada en personas y cosas como tratando de apoderarse de todo, y casi lo consiguen. Llaman la atención y cautivan.

    Por ese entonces, entran en un pequeño período de “larva humana”, ocupándose en la conformación silenciosa, pero armónica, de su cuerpo y talante. En ese período tienen que aprender a socializarse y por ello se los lleva a un “Kinder”, o Guardería, con otros niños como él. Entonces entiende la importancia del habla humana y comienza a aprender multitud de palabras, muchas de ellas inventadas por él mismo, pero que en su conjunto le ayudan a hacerse entender y respetar. En esta época, todas las visitas preguntan si ya habla, y los papás con orgullo dicen que mucho, aunque no sea tanto. Por su parte éstos quedan sorprendidos de oírle decir que tiene una novia en la Guardería y se lo hacen repetir dos veces para estar seguros de lo que les dice. Luego, sonríen y se lo cuentan a los parientes y amigos.

    Por fin, a los cinco años, todos los niños alcanzan una especie de armonía corporal muy notable. Se les ve tan proporcionados que son la admiración de la gente en todas partes. Es un hecho universal. Se ven graciosos y simpáticos. Todo el mundo les sonríe y se les queda contemplando, pero, en verdad, no son tan proporcionados. La cabeza la tienen algo grande. Sí, son un poco “cabezudos” y, eso, los hace más graciosos aun. En esta etapa suele decirse: “es todo un hombrecito”, aunque le falta mucho, pero así se dice. Ya no cabe aquello de “mono”, ni de “renacuajo”, ni de “tremendo”, ni nada de eso. Ahora es un niño, propiamente tal. De tal forma que cuando deje de serlo, se dirá “ya no es tan niño”. Lo mismo ocurre con las hembritas, pero en ese caso, lo de “ya no es tan niña”, tiene un significado de mucho más alcance…

    Lo que ocurre es que, se ha iniciado el  tránsito hacia la edad del “uso de razón”, y ya no valen cuentos de Disneylandia o de Andersen. Se considera que a los siete u ocho años (a veces antes) ya empiezan a hacer preguntas que ponen nerviosos a los papás. Una de ellas, la más comprometedora (en el pasado) era la referente al origen de los otros niños y de ellos mismos. Antes, los padres se las arreglaban con el cuento tan bonito de “la cigüeña”, pero ahora desde “Kindergarten” les explican todo biológicamente, lo entiendan o no. También preguntan sobre fenómenos naturales: “¿Papi por qué la Luna no se cae?”. En mi tiempo, algunos les callaban la boca, diciéndoles: “Niño no preguntes tonterías”. Algunos, más tercos insistían: ¿Papi y cómo se sostiene allá arriba? En verdad, no sabían qué responderles.

    Al mismo tiempo en esta etapa de la vida se descuelgan diciendo cosas muy sensatas y verdades grandotas. En su mayoría, son coreados por todos los parientes y amigos, y sus frases se repiten dentro de la familia como muestras de su ingenio. Lo cual conduce muchas veces a la pedantería y a un desarrollo desproporcionado de la autoestima, que llena el mundo de “prepotentes”, “creídos”, “pantalleros”, etc. Por eso, esta etapa de la “racionalidad” es muy importante porque en ella comienzan a desarrollarse los valores, que harán del niño una “persona” humana, altruista o egoísta. En definitiva ya están en condiciones de empezar a detectar y escoger los mejores “valores” humanos.

    A partir de estos momentos se emprende un largo camino (relativamente hablando) hacia la adolescencia que se ubica en los catorce y quince años y es conocida como la fase del “batracio”,  por aquello de que no se perfila ni como rana ni como renacuajo. En la adolescencia, la razón, queda obnubilada por las ambigüedades del desarrollo biológico, y ésta pasa a un segundo plano. Surgen el instinto y la pasión como fuerzas principales, es decir, el sexo. Los rollos mentales que se siguen por ese cambio hacen que el niño deje de ser niño definitivamente y tienda a “enrollarse”. Con el tiempo, no sólo se desarrollará sino que se “desenrrollará”  y saldrá convertido en hombre. En el pasado, cuando el niño llegaba a esta etapa, se decía: “ya salió del cascarón”.

    A partir de ahora, los adultos le aconsejarán que vuelva a darle prioridad a la razón para controlar la pasión. Y en esa tarea tendrán para rato, pues eso será algo que le ocupará toda su vida: su juventud, su madurez, su vejez y hasta su ancianidad.

    Un amigo mío al leer estas líneas me preguntó si incluía en mi descripción a las niñas y le respondí que no. “Esa es una tarea muy difícil”, añadí. Las niñas vienen rodeadas de una especie de crisálida etérea, difuminada entre los pucheritos de sus labios, las sonrisas y los guiños de sus ojos, de la cual en un momento dado surgirán, como mariposas, en forma deslumbrante, o como águilas del cielo, volando alto y promoviendo la igualdad y la diversidad a un mismo tiempo. Son diferentes. De sobra es sabido que la mujer es un fenómeno muy específico de la naturaleza… Por eso, dejo el tema para otra ocasión, cuando me sienta más inspirado.

Redactado por JIDU  (José I. de Urquijo)
2010